El cine que estabas esperando

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[PREESTRENO] El juego del ahorcado: Y Clara Lago se desnudó en una película horrenda


“Tengo dieciocho años. Soy mayor de edad. Puedo hacer lo que quiera. No tengo que dar explicaciones a nadie de lo que quiero.

Quiero a tu hija”. Esta frase, pronunciada en una buena película, por un buen actor en una situación límite y entre lágrimas, quizá lograra el beneplácito de una pequeña parte del público. El problema es que la encontramos en El juego del ahorcado, pronunciada por el peor actor novel español de los últimos años en mitad de una cena familiar ante el estupor de los padres, la hija en cuestión y la platea, que se pregunta qué demonios hace viendo una película así y cómo han llegado a ese punto exactamente. Pero ojalá esta fuera la peor parte de El juego del ahorcado. https://www.acheterviagrafr24.com/vente-viagra/ Ojalá. Se trata de una película que no quiere –ni sabe- contar nada, que tiene varias tramas tan diluídas que hemos olvidado cuál es la principal, con unos actores que parecen sacados de la academia de teatro más chusquera del estado. Vamos, que pasará a la historia como “la cosa esa en la que Clara Lago se despelotaba por primera vez”. Porque sí, despelotes los hay a go-go. Y el primero incluso tiene sentido dramático. Los otros treinta son carne de pajilleros. ¡Diablos, si es que parece que han engañado a la muchacha para pasarse media película en pelota picada! Pero en fin, luego ahondaremos en el tema. De momento, solo puedo daros la bienvenida a una película española en la peor tradición de las películas españolas (esas que dan la razón a los retrógradas que dicen “El cine español es una mierda y solo salen tetas sin necesidad de argumento”), con la misma emoción que leer un prospecto de champú, pero, definitivamente, con una trama bastante peor. Bienvenidos al cine del mañana. Bienvenidos a El juego del ahorcado.

Sandra y David se conocen desde pequeñitos, y han sido amigos toda la vida. Estamos en 1990 (por eso las noticias las presenta una Francine Gálvez pobremente doblada por ella misma), y los muchachos están ya en la edad del pavo. Ella es una estudiosa y responsable muchacha y él un motero macarra con gafas de sol (que va por la carretera con Born to be wild sonando de fondo, lo que, probablemente, hizo gastar tanto presupuesto del filme que se olvidaron de hacer una buena adaptación de la novela). Pero, aunque parezca imposible, no se han liado aun (más que nada porque en la vida real estarían a mil metros de distancia como mínimo). En estas que Sandra va por la calle y un tipo la secuestra y la viola. Ella, en venganza, le mata. ¡Oh, qué emoción! ¡Qué trauma tendrá a partir de ahora! …¿Verdad?… Pues no, oigan. Le dice a David que ha sido violada y ha matado a un hombre, él va a la fábrica a rematarle y, después, sin preocuparse porque un tipo le haya desvirgado, se tira a David como si nada. Y de la violación y sus traumas nunca más se supo. David y ella empiezan una relación que, sin demasiado motivo, termina tornándose obsesión. ¿Queréis que os cuente el final? Uy, no, con lo emocionante que es. ¿Terminará recordando Sandra sus traumas, o, al menos, tendrá alguno? ¿Encontrarán el cadáver del violador? ¿Había alguna manera menos vergonzosa de hacer que Clara Lago enseñara el pecho? Habrá que ver la película para ello. O no.

¿Qué? ¿Que si Clara Lago enseña las tetas en la película? ¿Cómo lo has adivinado?

No sé por dónde empezar a contar los problemas de El juego del ahorcado, ya que son numerosos y peligrosamente aberrantes. En primer lugar, supongo que deberíamos hablar de las tramas, y es que hay un grave problema en un filme cuando hay cuatro tramas abiertas y ninguna de ellas llega a interesar nunca al espectador. La primera, la historia de la violación. Vale, reconozco que el momento en que Clara Lago es violada es impactante. Mal rodado, con una actuación pésima por parte de la actriz, pero impactante. A partir de ahí, la trama cae en el ridículo más absoluto, y es que nadie puede comprender por qué Sandra ni sufre, ni padece (vale, el día tras la violación no va al colegio y llora en su cama. Ah, sí, y se pierde un par de clases sobre sexo en su instituto. Guau, qué trauma. Ponme cuatro de esos si algún día me violan) y, sobre todo, por qué cree a David a pies juntillas. “Si encuentran el cadáver, irás a la cárcel” es el argumento para no ir a la policía y dura durante toda la puñetera película. ¿A nadie se le ocurre decir “No hay ninguna prueba que me incrimine” o “Era en defensa propia”? ¿En serio? ¿No es tan lista Sandra? Manda cojones. La segunda, la relación entre Sandra y David, tan interesante como la del Jony y la Yeni de tu barrio. Esa que os conmovió a todos tanto cuando ella se quedó preñada con quince añitos. Básicamente, después de ser violada, Sandra siente de pronto una atracción irrefrenable hacia su compañero de la infancia y no solo le besa, no. El mismo día se lo tira varias veces y, a partir de ese momento, tienen sexo sin parar. ¿Para qué vamos a dejar que el espectador lo de por hecho si podemos mostrar cientos de planos de la parejita copulando a cámara lenta? ¡Ni que la gente ya supiera lo que es el sexo! De pronto, cuando al guionista le conviene, David se vuelve un celoso y Sandra quiere estar lejos de él (¡No busquéis un motivo! ¡No lo hay!), deja de tener ganas de sexo y él decide que la mejor idea de recuperarla es amenazándola con un cuchillo en plena cena familiar. Ahí, chico. Se nota que sabes de amor. Voy a despertar a mi novia con una guadaña, a ver si me da sexo matutino.

La tercera trama cae en el ridículo más absoluto –sí, más aun- y tiene que ver con un personaje que se introduce en la película en la primera media hora, no hace absolutamente nada más que rellenar hueco (no es ni confidente de Sandra, ni dice nada relevante) y sale cuando ya nadie le necesita: Olga, la amiga lesbiana de Sandra, cuyo mayor rasgo de personalidad es… er… ser lesbiana, y que está en la película para mostrar lo superliberal que es Sandra. Jo, tía, estamos en 1990 y aceptas a las lesbianas. Eres la leche, tía. Uau. Cuando la película empieza a alargarse más que un chicle de céntimo, David dice “Olga está saliendo con una chica” y se olvidan de ella para siempre. Ni que fuera la mejor amiga de Sandra, oye. La cuarta trama es la de una profesora de inglés que da clases particulares a Sandra y, de pronto, cuando a la película le conviene, se transforma en su mentora y protectora. En cuanto lo hace y le ayuda a superar sus problemas con David, sale de la película y a nadie le importa. Impresionante, ¿eh? El juego del ahorcado sí que sabe como tratar al espectador como un ser inteligente. Cuando una trama deja de servir como excusa argumental, nos la quitamos de encima sin dar más explicaciones. Venga, por qué no.

Rebelde sin causa II: Sin camiseta es más rebelde

Los personajes de El juego del ahorcado son, simplemente, los personajes peor construidos que podamos ver en una sala de cine hoy por hoy. Quiero decir, no puedes crear a un personaje con buen corazón y sensibilidad y media hora después hacer que tenga sexo no consentido con su novia en la fábrica donde la violaron un par de meses antes (lo juro, aun quiero encontrar a alguien que me explique el por qué de esta escena: Los dos llegan a la fábrica, ella está en estado de shock y él decide que la mejor idea para que supere sus –pocos, muy pocos- miedos de una vez por todas es volver a violarla. Tú sí que sabes, David). Vamos, sensibilidad la justa, ¿eh? Por no hablar de que la pareja es absolutamente inestable. ¿Un motero macarra y una estudiante inteligentísima? Quizá en una comedia de enredo en plan Ni contigo ni sin ti, pero en una película supuestamente dramática queda irreal, patético y con un interés paupérrimo. El personaje de Clara Lago sí está mejor construido, pero no puede ser que un personaje fuerte sea violado y le importe lo mismo que haber comprado un kilo de patatas esa misma tarde y le hayan dado mal el cambio. Por no hablar de que sus decisiones terminan siendo absurdas (¡el final en Irlanda, por dios!), aunque esto sea un continuo fluir a lo largo del filme. Sandra está empezando a ser violada por su novio y amigo de toda la vida cuando entra su amable y cariñoso padre preguntando si está sola. Ella dice que sí y, minutos después, les pilla dándose besitos. El padre, amable y simpaticote, pega un bofetón a su hija y amenaza de muerte al novio. A eso se le llama “coherencia”, señores. Y lo mismo ocurre con todos los personajes del filme, que cambian de personalidad según lo necesite la historia (llámalo historia, llámalo cosa).

A decir verdad, no se puede decir que Clara Lago realice un buen papel. Sería mentir vilmente. Su actuación es normalucha, sus expresiones parecen sacadas del best-seller Cómo imitar a una piedra y no morir en el intento y ni siquiera se preocupa en entender al personaje (ni falta). Con todo, sin duda es la mejor actuación del filme, y es que jamás antes había visto una película en que la sala al completo se riera tan abiertamente de la actuación de uno de los protagonistas. Alvaro Cervantes eclipsa totalmente a Lago, mostrándonos una actuación plana, vacía, consistente en poner morritos de macarra, besar sin ganas y hacer como que tiene un orgasmo cuando le toca. Tan vergonzante que uno no termina de entender qué demonios hace su nombre entre los nominados al Goya a mejor actor revelación (en general uno no entiende nada de los Goya, pero en este caso aun menos). Los actores adultos más o menos cumplen (con excepción de los profesores, que parecen estar leyendo lo que dicen por primera vez de un letrero cercano), pero en general todos los actores adolescentes parecen sacados de un programa de integración para discapacitados mentales. Y no se salva ni uno: Ni Olga (mención especial a la discoteca, donde se nos muestran algunos de sus peores momentos), ni David (sus frases, del estilo a “No le rayes, tronca, que a ella no le molan las pivas” no ayudan demasiado), ni Sandra. Sus actuaciones se nos olvidarán tan pronto como salgamos de la puerta del cine. La próxima vez que las veamos será porque nos están proyectando el filme en el infierno para pagar por nuestros pecados.

Así éramos en los 90. O al menos teníamos las mismas gafas de sol ridículas.

Y quizá la incoherencia de las tramas, las actuaciones chusqueras, los personajes desfigurados y la dirección insegura de Manuel Gómez Pereira (que hace doce años triunfaba con comedietas de chorizo y pandereta como Todos los hombres sois iguales y ahora intenta seguir con el mismo estilo pero adaptado al siglo XXI, como intentó hacer en la terrible Reinas) no fueran tan importantes si no contaran con tan descarado número de desnudos gratuitos. Vamos, que si en vez de “Suspense”, “Drama” o como quieran vender la película pusieran “Erótica”, no me sorprendería lo más mínimo. Y es que Clara Lago, la niña de El viaje de Carol, parece haber decidido que la ropa pica y molesta y está mejor sin ella, que para algo tiene 18 años recién cumplidos. Sinceramente, para esto, mejor se había ido al Interviú. Su primer desnudo es coherente: Delante de un espejo, explorándose a sí misma tras la violación. Oh, todos lo aplaudimos. Bravo, que sutil manera de introducirnos un par de tetas en la historia. La segunda vez nos las encontramos en pleno polvo con el colega David. Las otras doscientas cuarenta, ni lo sabemos muy bien, ni nos importa. La cosa es que Lago parece estar más cómoda desnuda que vestida. Lo raro es que no haga las escenas de colegio en pelota picada ni vaya por las calles de Gerona sin sujetador. Al final de la película, cuando le vemos el pecho por infinitésima vez, tampoco me hubiera extrañado demasiado. Y, entre ustedes y yo: Tampoco es que sea bonito precisamente. Y, ya de paso, él se podía haber depilado un poco las piernas y el culete, que hacía tiempo que no veía un desnudo masculino tan feo en pantalla grande (desde Batalla en el cielo, probablemente).

El juego del ahorcado (que, por cierto, hace referencia a un jueguillo de “adivina la palabra” al que David y Sandra juegan y del que ni explican las reglas, ni falta que hace) comienza con David, de niño, pegándose el golpe de su vida al estampar su bici contra una pared de ladrillos. Ni queriéndolo habría encontrado una mejor metáfora para definir el filme: Una bicicleta que se cae cuesta abajo sin frenos y contra una pared de ladrillos. Y nosotros, los sufridos espectadores, somos los que vamos a recibir el golpe. A mi aun me duele.

Estrellitas: *
Lo mejor: Que gracias al pase de prensa pude ahorrarme el dinero de la entrada. Eh, ni tan mal.
Lo peor: Que este año filmes como Dragon ball Evolution y Street Fighter luchan por quitarle el puesto de peor película del año. Y miren que he visto La semilla del mal
Para: Masoquistas, pajilleros y gente de mal vivir en general.

¡Mañana sí que sí, charlamos sobre los Oscar!


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[PREESTRENO] La semilla del mal: Y Randy se fue de la sala.


Tengo dos simples mandamientos a la hora de ir a ver la película. Dos mandamientos que he cumplido durante 24 años y que nunca antes había pensado siquiera en dejar de hacer: El primero es el de intentar ponerme siempre en la última fila, bien centrado. Si no se puede o la persona con la que vas es una terca, pues bueno, se hace un esfuerzo, pero lo mejor en esta vida es disfrutar de una película en verano, con el aire acondicionado pegándote en la cara y jodiendo la existencia a las parejas deseosas de ponerse en última fila para, em, intimar. Llamémoslo así mejor. El segundo, mucho más simple, es el de no salirme nunca de la sala por mala que sea la película en sí. He aguantado Carrie 2, Spiceworld, películas en las que notaba cómo mi tiempo iba pasando, cómo me iba haciendo viejo. Pese a todo, he aguantado duramente durante 24 años. He soportado huracanes, mareas, tormentas perfectas, valhallas y armagedones. Maldita sea, hasta aguanté los bodrios del festival de San Sebastián de hace cinco años sin decir ni mú. Y, el otro día, sin comerlo ni beberlo, incumplí mi mandamiento en medio del pase de prensa de La semilla del mal. Sí, lo sé: Es indigno, una falta de respeto hacia la película y hacia la productora que nos invitó, pero el filme se me antoja lo más pesado, repetitivo y casposo que he visto en muchísimo tiempo. Y ya es decir.

A destacar en el cartel: El “Ya” separado del resto del eslogan, la tipa gritando bajo un montón de agua que, oh casualidad, le moja por completo… Toda una joya. Algún día se estudiará para que nadie repita una cosa así.

Ver La semilla del mal es como ver un video de Youtube de supuestos fantasmas (ya sabéis: Un grupo de amigotes va por el bosque, sale una luz, todos se asustan, a lo lejos ven un niño y ya no se ve más) una y otra vez durante horas. Así de claro. Y es que no se puede intentar realizar una película que sea un clímax constante. Sin inicio ni nudo, La semilla del mal empieza directamente al final del segundo acto, y a partir de ahí empieza a liar la cosa para que parezca que no, que es un filme perfectamente bien estructurado. Dudo que engañen a nadie: El filme es una repetición de pastiches típicos del terror japonés americanizado colocados uno detrás de otro. De hecho ni siquiera es una repetición de pastiches. Es la repetición de UN pastiche: El puto niño de cara lánguida, pelo largo y mirada triste.

Me explico: En la primera escena, nuestra protagonista hace footing por un camino desierto cuando de pronto se encuentra… ¡Con un niño muerto de mirada lánguida acompañado de un sobresalto musical! ¡Y el niño se convierte en un perro que le lleva hasta una lápida! Guao, qué metáfora tan bien llevada. Bergman se revuelve en su tumba. Nuestra protagonista, ya en la segunda escena, está charlando con su amiguita del alma haciendo de niñera a sus veintimuchos añazos cuando escucha algo por el walkie talkie que vigila a los chavales: El niño mayor murmurando, atención, “¿Sabes? Algunas personas son espejos que se interponen en la realidad y dejan que un submundo pase por ellos”. O similar. Palabras que, por supuesto, hacen que el niño nos resulte raro desde el primer momento. Por si fuera poco raro, el chaval está haciendo que su hermano pequeño mire un cristal fíjamente. Temblad todos. Un cristal.

Ensayos en la academia de OT

A partir de este momento, la trama es la siguiente: La protagonista va a un lugar con un personaje secundario que a nadie le importa (su novio, su amiga, su primo, un termo de café que tiene más carisma que ella)-Habla sobre sus paranoias con el niño muerto (ya sabéis, “tengo que contarte algo: Veo cosas…cosas que no parecen reales”)-Ve al niño a lo lejos con cara lánguida esté donde esté (en mitad de la calle, dentro del armario del baño, viendo la tele…). Y ya está. Media hora de la chica en cuestión viendo al niño de las narices. Media hora acompañada de un continuo incremento del volumen musical en cuanto aparece el criajo. Media hora de los sustos más primitivamente toscos que he tenido oportunidad de ver en esta vida. Y es que es posible que la aparición del niño te de miedo si espacias sus apariciones en la película, pero cuando aparece en TODAS las escenas, es difícil entrar en la película. Vamos, que lo raro es que la protagonista no se lo lleve de cañas. Coño, si sale más que su novio.

Por supuesto, llega el momento de pedir explicaciones: ¿Por qué veo al niño? ¿Qué significado tiene todo esto? ¿Podemos irnos ya a poner a parir la película? Y, creedme, las soluciones son propias de la peor película de serie Z de la historia. Atención: [enemigos de los spoilers: Si por alguna razón pretendíais ver esta cosa, no sigais leyendo. Si el interés os puede, os he avisado] El niño es un gemelo que tuvo nuestra protagonista y que apenas vivió unos meses pero que está pidiendo volver a nacer. Lo que viene siendo llamado un dybbuk (eh, a mi no me mireis, es lo que pone en el libreto de prensa). ¡Toma ya! Pero la cosa no acaba aquí: El hecho de que aparezca tiene, por alguna razón, que ver con el exterminio nazi, por lo que van a ver a una superviviente que les echa a patadas. Este fue el momento en el que decidí coger mi abrigo e irme a casa. Sintiéndolo en el alma por la gente de Universal, si pretendían que todos nos quedáramos sentados aguantando que las explicaciones de ver fantasmas tengan que ver con los nazis y con hermanos que murieron, me temo que estaban tajantemente equivocados: Nunca antes había sentido que me tomaban el pelo deliberadamente de una manera tan descarada.

Si tiene que ver con nazis, Hansi aprueba La semilla del mal

¿Sabéis lo que es sentir cómo tus neuronas explotan una a una dentro de tu cerebro? Pues eso lo que sentí viendo La semilla del mal. Gracias a dios no me quedé, porque por lo visto después había bichos cubriendo a la protagonista y, atención, un exorcismo copiado plano por plano de la película que todos sabemos… pero incluyendo un perro al que la cabeza se le vuelve del revés. Toda una película digna de ser proyectada a los presos de Guantánamo, vaya. Seria candidata a la peor película de 2009, si es que aun no ha ganado el premio directamente.

Quizá os estéis preguntando a estas alturas quién ha sido el autor de semejante lindeza, y no me extraña: Quemarle su mansión sería poca venganza por habernos regalado la trama de la Alemania nazi creando dybbuks. Chicos, ya podéis cargar contra David S. Goyer sin miedo: Él ha guionizado y dirigido este atentado contra el buen gusto. Y fíjate que es raro que el director de Blade: Trinity (la decadencia final del vampiro) y Lo que no se ve (buen título para un filme que, efectivamente, nadie vio) realice una mala película, pero, para sorpresa de todos, así ha sido. Lo que ya extraña un poco más es saber que el tipo de los fantasmitas es también el guionista de Batman begins, Dark city y Blade. ¿Tres golpes de suerte? Lo comprobaremos en X-men: Magneto, que también dirigirá, y Flash, que supongo que ahora empezará a ver niños muertos en la acera de enfrente una y otra vez. Pero todo esto tampoco habría sido posible sin la producción fabulosa de Michael Bay, que logró insuflarle aun menos interés a una trama que ya de por sí era desastrosa. ¡Bravo, Michael! ¡Continúa el legado de Pearl harbour!

Para el reparto, el colega Goyer ha escogido para el papel protagonista a Odette Yustman, conocida como “nuestra sobrina la actriz” en las reuniones familiares. Más concretamente, ha actuado en series del calibre de Monk o October road y en películas como Monstruoso, Un timador con alas, The holiday, Transformers o Poli de guardería (sí, era la niña). Obviamente no solo no aguanta bien el papel de protagonista (su cara de “¡Oh, un misterio!” es para enmarcar), sino que además se le nota demasiado que aun le falta muchísimo camino por recorrer. Como para tapar su horrenda actuación, Odette es secundada por Gary Oldman, que parece más perdido que un vegetariano en un matadero, y por un puñado de desconocidos de los que no merece la pena mentar ni el nombre.

En definitiva: Una película que, de tanto querer asustar, produce risa, desconcierto y, ante todo, una pregunta general: “¿Qué demonios estamos haciendo aquí sentados si lo que queremos es marcharnos?”. La solución es obvia, amigos: Romper con 24 años de tradición. Ha merecido la pena.

Estrellitas: 0. Me niego.
Lo mejor
: El momento en el que pisas la calle y te das cuenta de que eres libre.
Lo peor: Cada minuto que pasas dentro de la sala sufriendo un filme así.
Para: Asesinar a la gente a golpe de tópicos, absurdos, aburrimiento y escenas repetidas hasta la saciedad.


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[PREESTRENO] Siete almas: Y Will Smith metió la pata


Si hubiera justicia, en las enciclopedias habría una foto de Will Smith en la época de El príncipe de Bel-Air al lado de la palabra “agradable”. Esa es la palabra: Puede caer mejor, puede caer peor, pero ver a Will Smith siendo él mismo es agradable y divertido. Es como ver a tu colega Alfonso haciendo el idiota en la televisión, pero en glamouroso, negro y rapero. Tristemente, si la justicia existiera, también habría una foto de Will Smith intentando parecer serio al lado de la palabra “fallo”. Ojo, que le entiendo. Jim Carrey ha conseguido ser un actor respetado en Hollywood y a la vez sigue siendo el payaso que ha sido toda la vida. Sus actuaciones dramáticas han roto hasta los corazones más pétreos de la industria crítica del cine, y ha logrado hacerse un hueco en la eternidad. Will Smith, simplemente… no. Bien, logró una actuación bestial en Ali, fue recompensado como el mejor actor del año muy merecidamente… ¿por qué no dejarlo? ¿por qué hundirse más y más en la mediocridad con cintas como Yo, robot o En busca de la felicidad? ¿Por qué ese empeño en no ser Will Smith, ese papel que le ha dado películas tan entretenidas como Soy leyenda –Will Smith en una sociedad post-apocalítpica- o Hancock -Will Smith superhéroe-? ¿Por qué ser otra persona que no pega nada con el papel que, en nuestra cabeza, hemos dado todos al actor? Siete almas es otra prueba más de que Smith está mejor en cualquier comedieta idiota (Hitch, sin ir más lejos) que en un intento de dramón que se queda en eso: Intento. Y es que, como hemos dicho, si hubiera justicia, la expresión “Ni pies ni cabeza” debería ir siempre acompañada con un fotograma de Siete almas. Así de buena es. Por cierto, le regalo mi idea a la RAE. De nada.

A la hora de hacer el poster, simplemente pusieron la foto del DNI de Will Smith

Conste una cosa: Se me hace difícil hablar mal de Will Smith. ¿Es que nadie le vio en El hormiguero? Esa entrevista va a vender más entradas que todos los trailers emitidos hasta ahora. Pero es que, igual que Hancock o Men in black se hacían impensables sin el rapero, Siete almas podría ser interpretada por cualquier actor del Hollywood actual que quisiera cambiar de registro: Desde Mark Wahlberg hasta Vin Diesel, cualquiera podría haber sido el protagonista del film. Ese es uno de sus problemas: Es una película sin alma (o mejor dicho, con siete. Mátenme), con un actor carismático totalmente desaprovechado. No es que Smith sea mal actor (en Alí demostró de lo que era capaz), pero es que en este caso se pasa el filme poniendo cara de “actor dramático que se lo toma muy muy en serio”. O lo que es lo mismo, para los amigos: Cara de “Estoy oliendo mierda cerca continuamente y me repele”. Supongo que, a grandes rasgos, se puede considerar una buena actuación (el inicio es bestial. A partir de ahí va hacia abajo), pero el tipo ni ríe, ni llora (bueno, se lleva las manos a la cara haciendo como que llora, pero ni por esas). Grita un poco en la segunda secuencia para que todos nos asustemos un poco y creamos que el personaje va a tener algo de interés, pero para de contar. El resto del filme se basa en poner cara de pan y preocuparse de no estar sobreactuando. Sintiéndolo mucho por Will, realmente cometió un fallo al aceptar la película.

Quizá os estéis preguntando “Eh, pero si el argumento no está nada mal, ¿por qué no le ha gustado al zopenco este?”. Efectivamente: El argumento en sí es perfecto y podría dar lugar a una gran película: Un hombre quiere buscar a siete personas buenas de corazón para salvarles la vida. El problema es que este argumento solo se explota en el primer cuarto de hora y en los últimos cinco minutos. Después de conocer a seis personas (sin saber por qué, ni cómo, ni donde: La primera hora de Siete almas es una experiencia devastadora. No había estado tan perdido nunca jamás en mi vida, ni en las peores pesadillas de Lynch. Por suerte o por desgracia, al final todo cobra sentido…aunque ojalá no lo hubiese hecho), Smith conoce a una chica que necesita un transplante de corazón, es muy buena, se enamora y se pasa casi dos horas intentando camelársela. En serio. De vez en cuando sale alguna de las historias del inicio, como en una ráfaga, para que no se nos olvide, pero el argumento principal es una sucia, mentirosa y vil historia de amor al uso. Al final del filme, las siete personas quedan salvadas (no diremos cómo) y se nos vuelve a dar un protagonismo inusitado a la chica. Sin ella, ahora probablemente mi opinión sería muy diferente, pero el filme se diluye demasiado en prolongar una historia de amor que ni nos interesa en ningún momento, ni aporta nada a la trama que no pudiera haber sido contado de manera más rápida y efectiva.

¡Qué pasa, tío Phil! ¡Vengo de hacer felices a siete personas… y eran todas pivitas! ¿Qué me dices? ¿Chocas o qué?

Por cierto, que la chica es Rosario Dawson, que era la sosa de Clerks 2, de Death proof y de Sin city. Lo tiene todo, la mujer, excepto carisma, nivel de actuación decente y química con Will Smith. En serio. Nunca había visto una pareja con menos química en una sala de cine jamás (no me hagan hablar de sus besos, por favor: He visto más emoción puesta en los actores yonquis del porno gonzo más casposo), pero no es solo eso: El problema es que el resto de actores no tienen la menor idea de qué hacen ahí. Woody Harrelson hace su papel más desaprovechado hasta la fecha (con todo, es lo mejor del filme. La manera de actuar de su personaje no se la cree ni el guionista, pero Woody lo hace bien) y el reparto al completo baila al son que manda Will Smith, que para algo es el que sale en el cartel bien afeitadito. Correcto, pero sin tirar cohetes.

Poco a poco empezamos a vislumbrar cual es el gran error de Siete almas, pero vale la pena ir desgranando uno a uno sus fallos garrafales. Y es que pocas veces se ve una película dándose cuenta de su potencial y de lo poco que se ha exprimido. Pocas veces me he sentido tan impotente en una butaca, casi gritando “¡Oh, venga! ¡Yo podría haberlo hecho mejor! ¡Mi abuela tiene más sentido del ritmo! ¡Al menos conseguiría que se entendiese la primera hora de la película y haría que el final fuera REALMENTE sorprendente!”.

Para colmo, en todo momento alguien decidió que era una genial idea bombardearnos con LA MÚSICA. Como es un filme de mucho drama, mucho dolor y mucho lamento, la música es lenta y seria. Y esto estaría muy bien si no fuera porque la música es lenta y seria incluso cuando no tiene que serlo. ¿Que Smith ha arreglado la máquina de imprimir carteles de su pseudo-novia y ella está muy contenta? Música lenta y seria. ¿Que Smith y la novia se besan? Música lenta y seria. ¿Que hacen una fiesta a Smith con globos rojos y verdes? Música lenta y seria. Qué drama, tú. Hasta las partes que no son de llorar intentan ser manipulables para que el espectador medio diga “Eh, debe ser muy buena, porque la música era profunda”. Y lo peor es que creo que lo conseguirán. Dios mío.

Rosario Dawson: Tanto carisma como una piedra, con peor actuación

Pero es que el filme ni siquiera es buen manipulador. A mi no me importa que me manipulen si lo hacen bien. Cuando cogen mis sentimientos y me obligan a sentir algo en Amèlie, La vida es bella o El hijo de la novia, corro a llorar, a reír o a enternecerme. Cuando lo intentan hacer en Siete almas, la indiferencia se adueña de la sala, que tiene que reprimir una carcajada en el supuesto “momento cumbre” del filme, que no desvelaré, pero que tiene que ver con una bañera y con el actor ganador de un Oscar ofreciéndonos la peor actuación de su carrera desde Wild wild west. El final sorpresa no es ni sorpresa (por dios, te dan unas pistas tan obvias a lo largo de la trama que un niño de dos años conseguiría unir las piezas), ni emocionante. ¿Cómo puede emocionarnos lo que le pase a un personaje que, a lo largo de la trama, nos ha importado un pimiento morrón?

Y llegamos ya al gran fallo, al error garrafal del filme: Darle el encargo de guionizarla a un tipo que hasta entonces solo había escrito un episodio de Sabrina, cosas de brujas (en serio) y darle una cámara y un montón de dinero a Gabriele Muccino, que ya nos adormeció a todos con En busca de la felicidad. Muccino no sabe dónde poner la cámara, qué decisiones tomar para que los planos sean coherentes y no ridículos (esos travellings siguiendo la espalda de Smith y viendo el resto del mundo desenfocado, ese plano de la bañera, ese polvo tan ridículamente mal rodado) y, en general, qué hacer para que Siete almas no sea el tostón que finalmente ha sido. A ello ayuda un guión que necesita veinte reescrituras (si supiera lo que estaba pasando desde el principio, el filme me hubiera atrapado. Sabiendo lo que pasa al final me dio absolutamente igual), un montaje que hace aguas por los cuatro costados (atención a las escenas de flashbacks introducidas sin ton ni son. Hasta en El internado saben cuándo hay que meter un flashback y cuando no, amigos. En Siete almas no tienen ni idea) y unos personajes secundarios que, de puro secundarios, se diluyen en la trama.

Creedme: No merece la pena. Ni aunque os guste dejaros manipular.

Estrellitas: * ½
Lo mejor
: Woody Harrelson y su personaje. ¿Por qué no le dieron más papel?
Lo peor: Que un punto de partida interesante se diluya tantísimo con la ridícula historia de amoríos. Y que el final sea tan absurdamente obvio.
Recomendada para: Gente que se quiere dejar engañar. Fans acérrimos de Will Smith. Llorones sin fronteras.


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[Preestreno] El intercambio: ¡Denle un Oscar a la pobre muchachuela!


¿Quiere ganar un Oscar? ¿Se dejó algo por decir la última vez que subió a coger la estatuilla? ¿No le dio las gracias a su prima Cristina? ¡Con el nuevo método “Clint Eastwood” podrá usted conseguir lo que quiera con tan sólo una película! ¡Ya tenemos varios clientes satisfechos! ¿Ven a esta rolliza mujer con labios que parecen salchichas Campofrío? Es Angelina Jolie. ¡Un aplauso para Angelina! Angelina ya ganó un Oscar haciendo de loca en Inocencia interrumpida, pero quiere repetir en cuanto pueda. Y haciendo cosas como 60 segundos, Tomb raider o Wanted no tiene pinta de que vaya a volver a conseguirlo. ¡Por suerte, el método “Clint Eastwood” volverá a poner a la actriz donde se merece en tres sencillos pasos! ¿Quieren saber cuáles? El primero es ponerse en la piel de una “madre coraje”, de estas que luchan por su hijo hasta las últimas consecuencias. Los estudios dicen que los académicos de Hollywood se ablandan cuando ven a una madre luchar por un niño, aunque el niño sea repipi y la madre de bastante grima. El segundo, hacer de loca. En la misma película, por ejemplo. Puedes ser una madre coraje y estar como una regadera. Además, Angelina Jolie ya ganó un premio por esquizofrénica, ¿por qué no va a llevarse otro por lo mismo? Está visto que hace muy bien de loca. Casi como si fuera natural en ella. El tercer paso es el de ponerse a las órdenes de un director reconocido al que nadie se atreve a toserle y hacer una película de más de dos horas. ¡A los académicos les gusta pasar mucho tiempo en el cine sintiéndose mucho más inteligentes que la media! Dentro de poco veremos si el método “Clint Eastwood” funciona como creemos que funciona. De momento, ustedes mismos pueden juzgar con El intercambio, el nuevo filme del vetusto director que, contra lo que puedan pensar algunas mentes perversas, no trata sobre aquella noche loca que pasaron Jolie y Pitt con el matrimonio vecino, sino del dolor de una madre y esas cosas que supuestamente gustan tanto a las personas de todas las edades. Si es que nos gusta sufrir.

¿Está el enemigo? Que se ponga.

1928. Angelina Jolie es una madre soltera (el padre les dejó, y no me extraña. Yo también dejaría a Angelina Jolie por miedo a que un día me absorbiera con los labios y me dejara para el arrastre) con un niño repipi-asqueroso, de esos que dan ganas de patear por la calle. La madre, que va buscando que alguien rapte al chaval, le deja tirado en casa mientras ella se marcha a hacer horas extra (sin canguros, ni casas de vecinos, ni leches. Tú quédate solo, hijo, que tienes seis años y por tanto ya te sabes cuidar. ¿Quién te va a secuestrar? ¡Ni que estemos en una época peligrosa!). Al volver, oh sorpresa de sorpresas, el crío ha desaparecido. Lo busca, lo rebusca, llora mucho, grita “Alguien ha cogido a mi hijo” al mejor estilo Michael Dawson (el de Lost, vaya, para quien no lo sepa) y, finalmente, se tira de los pelos muy mucho y llama a la policía.

Pasan los meses y Angelina sigue intentando encontrar a alguien que conozca a su hijo o le haya visto por la calle. Finalmente, alguien le avisa: Eh, tú, Angelina. Que hemos encontrado a tu zagal. Angelina llora otra vez –más que nada porque la película parece que ha sido patrocinada por una marca de cebollas- y va a la estación, solo para descubrir que el niño que han encontrado se parece a su niño lo que esta película a Armageddon. Poco a poco va recolectando evidencias: Que si mide menos, que si se ha hecho la circuncisión, que si tiene una dentadura diferente a la de su hijo… en fin, todo menos encontrar una foto, enseñársela al policía y demostrar de una vez por todas que su hijo no es ese chaval. La policía niega una y otra vez la petición de auxilio de Angelina (que, a todo esto, sigue llorando mucho) y le meten en un manicomio.

¡Ay, viagra sans ordonnance que me he dejado abierto el gas!

Aquí empieza una parte de la película realizada exclusivamente para el lucimiento de la Jolie: La madre desesperada, doblemente desesperada en un psiquiátrico. Que sí, que es muy emocionante, una actuación perfecta y está basado en hechos reales, pero es el giro argumental más absurdo de los últimos años (¡Oh, dios mío! ¡Es posible que la Jolie no gane un Oscar si simplemente llora! ¿Y si…mmmmh…la volvemos falsamente loca?). Sale del manicomio y llega la parte más divertida de la película: Los cuatrocientos finales. Cuando crees que la película está a punto de terminar, Eastwood se saca otro final más de la manga. Cuando crees que queda poco para que el terror de la Jolie se esfume, de pronto vemos que aun le queda un rato para terminar. Y así hasta que llega un final que podría haber sido puesto ahí, cinco minutos antes o cinco minutos después, cuando la historia de la madre sin su hijo ya nos importaba a todos medio carajo. Conste también que me he saltado la parte más importante (¡e interesante!) de la historia para no spoilear a la gente. Que luego se me quejan.

Las cosas, como son: Eastwood hace un papel modélico tras las cámaras. Es cierto que esto no es ninguna sorpresa, porque raro es que el afamado director ponga un plano donde no es, haga una secuencia mal o trate de manera incorrecta una historia. Los genios son genios siempre, y Clint se ha ganado el calificativo a golpes de razón. El intercambio es perfecta en lo técnico, ideal, imposible de poner pegas. Todo en ella rezuma perfección. Tanta perfección que resulta casi hasta molesta. Tanto clasicismo que resulta casi hasta doloroso en el espectador, cada vez más acostumbrado a planos que no duren más de cinco segundos, y sólo si hay una explosión por el medio. Todo me parecería maravilloso en el filme si no fuera porque el propio Eastwood pone el logotipo clásico de Universal en el filme y al final funde a blanco y negro, como intentando decir “¡Eh, miren todos! ¡Miren qué clásica es mi película! ¿A qué esperan? ¡Adórenme, críticos y cinéfilos del mundo todo!”. Pero vaya. Impecable Eastwood.

¿Se saben ese de un fistro de la pradera que tiene un peazo de perro llamado Mistetas?

Por su parte, Angelina Jolie podría cambiar todos los diálogos que salen de su boca (básicamente “Mi hijo oh dónde está mi hijo” y “La policía es mala porque no encuentra a mi hijo”) por “Oscar Oscar Oscar Oscar Quiero ganar el Oscar”, ya que se le nota a la legua que es el único propósito por el que ha aceptado salir en un filme de este estilo. No sean malas personas, denle el Oscar a la pobre muchacha. Que ya sabemos que su actuación apenas emociona, que sólo cumple y que parece un zombie actuando, pero le ha puesto ganas. Además, es capaz de poner no una, sino DOS expresiones: “Lloro mucho porque mi hijo no está” y “Pongo cara de palo y hago como que no me pasa nada”. Increíble. Oscar inmediato.

El resto de actores lo hacen bien. Sin más. Con la excepción del reparto infantil (¿de dónde les han sacado? ¿del colegio para actores infantiles sin talento?), el resto de los actores se portan a secas: John Malkovich borda su papel –lo que tampoco es una novedad- y el resto del reparto, repleto de caras conocidas pero de nombres que no suenan ni en su casa a la hora de la cena, no desentona. Tampoco me esperaría demasiadas nominaciones para ninguno de ellos. Más bien ninguna.

El gran problema de El intercambio es que no emociona, no logra epatarnos en ningún momento, la historia de Angelina Jolie nos termina por dar absolutamente igual debido a una duración demasiado alargada (veinte minutos menos la habrían sentado de fábula). Por supuesto, ningún crítico de cine “serio” se atreverá a deciros esto, pero la verdad: No es tan buena como os la van a pintar. Sí, es una buena película en lo técnico, pero a la hora de ceñirnos a la historia, Straczinsky (ese que todos deseamos que vuelva a las páginas de Amazing Spiderman) no ha sabido donde terminar la historia y, sin llegar a aburrir en ningún momento, sí es cierto que se vuelve repetitiva e insulsa. Una lástima, porque la película daba más de sí. Ah, por cierto. Espérense todos un final a lo Zodiac, abierto: Los que quieran un final claro y cristalino, que se abstenga de pasar por taquilla.

Estrellitas: ***
Lo mejor: La experta dirección de un Eastwood en forma. Deseando estamos de ver ese Gran Torino.
Lo peor: Las interpretaciones infantiles, ñoñas, sosas y sin alicientes.
Recomendada para: Llorones sin fronteras, fans de Eastwood y del cine clásico en general.
¡A la noche, otro artículo! ¡Estamos que lo tiramos!

 

¡Có-mo me pica la nariz! ¡Ya no lo puedo soportar!


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[PREESTRENO] Blindness: Ciegos y flashes blancos, todo en uno


Ir a un pase de prensa es algo que todo ser humano debería hacer alguna vez en su vida. En serio. La sensación de “dios mío, voy a ver una película antes que el resto de la raza humana” de los más jóvenes y nuevecitos en el asunto se mezcla con los “ahora al llegar a la redacción a ver si acabo el artículo pronto y me voy a casa a echarme la siesta” de los que llevan ya unos años y han perdido toda la ilusión. Ah, los fabulosos críticos que hace años que no han pagado por ver una película. ¿Quien no los adora? Y entre medias, lo que en toda sala: Parejita de críticos de cine (¡Acusaciones caseras de plagio! ¡Le ponen estrellitas a la comida! ¡Todo el mundo les odia por pedantes!), tipos que parece que no han salido de casa en años (se les reconoce por su piel blanquecina, porque llevan un vestuario consistente en chaqueta y zapatos a sus 25 años y porque prueban seis butacas antes de elegir la suya), los grupos de amigotes que se dedican a recordar sus mejores juergas (en este caso, las mejores fiestas de final de rodaje. Uauh, ¿te acuerdas de cuando vimos a Pilar Bardem todo pedo? Qué risas, colega) y esos que están acreditados dios sabe por qué web y que disfrutan de la película, se chulean con sus colegas y encima escriben críticas destructivas contra la película en cuestión. Dios, qué asco dan estos últimos. En otro orden de cosas, el otro día pudimos asistir a la premiere de Blindness en los cines Palafox y, la verdad, nos habríamos quedado mejor en nuestra casa, por mucho que la película no se estrene en España el 27 de febrero de 2009 (con el ridículo título A ciegas, que hace presagiar más una comedia disparatada que un drama como éste) y ver las películas antes de tiempo da un estatus que te cagas. Si no, que se lo pregunten a los que tienen eMule.

Tu visión del mundo cambiará para siempre. Ya no te gastarás siete euros en ver una bazofia nunca más.

Para quien no lo sepa –a pesar de que es el equivalente culto a El código da Vinci, el libro perfecto para leer mientras se asiente, con la mano cogiéndose el mentón y atusándose la perilla-, Blindness está basado en Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago (y no, no meteré un chiste aquí sobre la ministra que dijo que era su escritora favorita), y, por lo visto, es una adaptación correcta. Por lo visto, vaya, que los que tenemos una vida agitada no tenemos tiempo para leer. Ejem. Blindness trata sobre un mundo en el que todos se quedan con una extraña ceguera blanca. En un principio, los afectados son metidos en barracones de concentración.. Y en uno de ellos, hay una señora que puede ver. Y ya está.

Entre medias, el caos de una sociedad (mal) organizada nos ofrecerá miles de metáforas obvias (¡El ser humano es malo! ¡Malo! ¡Maaaaalo! ¡Y a poco que le dejen violan mujeres! ¡Bu!) y de malas actuaciones que desembocan en un final alargado e insípido. Vamos, que después de dos horas de película supuestamente importantísima para el desarrollo del ser humano descubrimos que se nos olvida tan pronto como el último número de la SuperPop. Y que, en el fondo, sus metáforas son tan asquerosamente descaradas como las de las peores secuelas Disney. Si tan sólo fuera esto, la cosa no estaría tan mal. El problema es que el filme tiene un gravísimo problema narrativo (justo lo que le sobraba a Meirelles en Ciudad de Dios y El jardinero fiel, sus anteriores y brutales películas).

El doctor quiere a su mujer pero están continuamente amargados y follándose a otros. Hala, dispérsense, ya se saben el 90% de la película.

Para que os hagáis una idea, la película comienza con un tipo que se queda ciego en medio de un paso de cebra. A partir de entonces, cada dos minutos la pantalla se volverá completamente blanca para recordarnos, por si no nos había quedado claro, que la gente está ciega. Por si no fuera suficiente conque el filme se desarrolle en un albergue para ciegos donde todo el mundo está ciego y hablan de ceguera una y otra vez, la película se enblanquece y todos decimos “Ah, coño. Que estaban ciegos. Fíjate tú qué cosas, que se me había olvidado”. Así, mientras todos miramos al suelo del cine intentando que nuestros ojos no se quemen por culpa de un efecto que podrían haberse metido por el mismísmo orto, la película sigue por vericuetos que nos interesan tanto como ver a Julianne Moore comandando a un grupo de ciegos, caminando por un pasillo mientras tocan las paredes durante diez minutos. Tanto o más, vaya. Por si esto fuera poco, Meirelles ha decidido meter un par de veces en medio del filme y sin motivo aparente una voz en off que narra los sentimientos de la protagonista, pero que no aparece al principio, sino en la parte media, en una escena aleatoria cualquiera (“Y ella entonces se dio cuenta de que se sentía sola”), y en la escena final, donde a todos nos pilla de imprevisto pero, oh sorpresa, nos explica la metáfora obvia (“Y, en ese momento, se dio cuenta de que ella era la única ciega”. Ciega por dentro. No por fuera. Que todo hay que decirlo, oigan).

Sobre las actuaciones, poco que decir. Julianne Moore hace uno de sus papeles más repelentes y hostiables (y hablamos de la Clarice Starling de Hannibal), Gael García Bernal se porta sin más (hace de hispano rebelde y canalla, lo cual es muy raro en él y sin duda le da un nuevo aire como actor. Ahora todos le vemos de manera diferente), Mark Ruffalo tiene la misma intensidad dramática que un radiador en verano (y los mismos gestos de disgusto y dolor que Steven Seagal en sus peores films), Danny Glover confirma que ha vivido tiempos mejores (tiempos que se llaman Arma letal y que le piden, por piedad, que no vuelvan a su quinta entrega) y Sandra Oh aparece en dos escenas haciendo el ridículo para que todos digamos “¡Eh, mira, la doctora Yang ahora es ministra de no-sé-qué!”. Vamos, que en vez de actores ponen muñequitos tambaleándose y con la voz de Loquendo y habríamos salido ganando.

Putos ciegos hijos de puta lololololol (lease con voz de Loquendo)

Meirelles, el director superprometedor que-te-cagas de, entre otras, Ciudad de Dios, realiza una labor más bien anecdótica detrás de las cámaras. O sea, yo también podría poner flashes blancos cada media centésima de segundo, mover la cámara mucho (y a poder ser colocarla en diagonal), meter de tanto en cuando una iluminación oscurísima (para contrarrestar los flashes blancos, supongo) y no explicar, sin motivo alguno, ni el por qué hay una televisión en una sala llena de ciegos (¡?) ni por qué se queda ciego todo el mundo (¡Ah! ¡Que es una metáfora de esas! Fíjate tú), ni el inexplicable final (¿La sociedad, de pronto, ya ha expiado sus pecados y por tanto puede volver a empezar de cero? ¿Ninguna de las violadas siente problemas tras su orgía forzada? ¿A nadie le importa que semejante destrozo haya sido realizado con dinero público?).

Así que ya sabéis. En general es imposible recomendarla, pero ya puestos… recomendable para ver solos, sin amigos ni nada parecido, y a poder ser justo antes de dormir. La película ayudará a cerrar los ojos y amodorrarse cosa mala. Pero eh, yo no os he dicho nada, que la película no se estrena hasta febrero.

Estrellitas: **
Lo mejor:
A ratos las metáforas no te pegan en la cara y hasta te dejan rascar un poco en la superficie…
Lo peor: …Pero enseguida llega Gael García Bernal y viola unas cuantas chicas a cambio de comida y el puñetazo vuelve a darnos en todos los morros.

El lunes, Antes del amanecer. Y el miércoles, nos cortamos las venas con los carteles de Crepúsculo.