El cine que estabas esperando

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El apartamento: Y Wilder subió a las alturas


No estaba muy desencaminado Fernando Trueba cuando dijo aquella mamarrachada de “Quisiera creer en dios para darle las gracias, pero sólo creo en Billy Wilder, así que gracias, mister Wilder”. Tengo la convicción de que una persona que quiere morir a los 104 años pillado en pleno acto con la joven esposa de un marido celoso merece, como poco, la canonización. Pero si además este hombre ha rodado y guionizado las joyas más irrefutables de la historia del cine, entonces es lo más cercano a Dios que tenemos en el séptimo arte. Perdición, Con faldas y a lo loco, El crepúsculo de los dioses, El gran carnaval, Testigo de cargo o La vida privada de Sherlock Holmes son películas que cualquier cinéfilo, aficionadillo, persona, animal o cosa debería haber visto para darse cuenta de que hay límites a los que un ser humano normal jamás podrá llegar. A la maestría tras la página en blanco y la cámara de Wilder. Hoy hablaremos de una de sus películas más redondas, de una comedia romántica que, sin aportar nada nuevo al género, lo revolucionó por completo. Con ustedes, El apartamento.

Sí, es cierto. Muchos dicen que, vista ahora, El apartamento resulta una película curiosa, de humor de sonrisilla, con un personaje patético que se nos hace entrañable poco a poco. ¿Pero es realmente así, o es una de esas –pocas- películas que gana con cada visionado? Solo puedo hablar por mi mismo y decir que, cuando la vi por primera vez, me enamoré por completo de C. C. Baxter, de Fran Kubelik, de la escena en que Baxter moquea, de la partida de cartas, del monólogo inicial y de la sutil historia de amor entre los protagonistas. Pero la segunda vez, me volvió loco su crítica social, su retrato de una época diferente, su pintura de unos personajes tan anónimos como mágicos. Y, cada vez que pongo el DVD en su bandeja (y fui de los que se compró la película en vetusto VHS) me asombro más y más ante la grandeza de Billy Wilder, ante las cientos de capas del filme, ante la capacidad de sorprenderme siempre con un nuevo matiz, algo de mi propia vida que veo, ahora sí, reflejado en El apartamento. Y eso es lo que hace a una obra maestra: Que nunca mires el reloj, ni toques el mando a distancia, ni juguetees con la caja de la película. Simplemente, disfrutes una y otra vez.

Para quien no lo sepa, la historia cuenta las andanzas de C. C. Baxter, un oficinista que deja su apartamento por las noches a los grandes ejecutivos para que estos puedan llevar a sus amantes. Baxter está completa y absolutamente enamorado de la ascensorista de su edificio, Fran, aunque nunca hayan intercambiado más de un par de frases. Cuando, en la fiesta de fin de año, Baxter consigue un ascenso a cambio de dejar las llaves del apartamento a su jefe, descubre que es Fran la chica que le acompaña, y una nueva faceta de él crece sin darse cuenta. El final, una oda al buen gusto por parte de Mr. Wilder.

La fuerza narrativa de El apartamento es impresionante, cada plano es capaz de transmitir miles de sensaciones en apenas un segundo. Por ejemplo, Baxter en el banco, resfriado, esperando a que su piso quede libre es, desde ya, una escena que merece entrar en los libros de historia del cine por su falsa simpleza y, a la vez, por todo lo que nos dice sobre el personaje: Es un ser patético, dispuesto a sacrificarse a sí mismo por un ascenso… o simplemente por su paupérrimo autoestima. Lo que millones de películas tratan de sugerir mediante complejos flashbacks, historias cogidas por los pelos y un montón de cosas fallidas, El apartamento lo logra con tan sólo un plano. Pero no es la narrativa lo más destacable en la obra.

Como tampoco lo son las actuaciones, a pesar de que Jack Lemmon haga uno de los grandes papeles de su vida (los otros serían el de alcohólico empedernido en Días de vino y rosas, el de El síndrome de China y, cómo no, de travestido contra su voluntad en Con faldas y a lo loco), de que Shirley MacLaine realice su interpretación más recordada (con el permiso de Irma la dulce) y de que el resto de los secundarios cumplan su función más que notablemente, sabiendo que el peso real de la película recae sobre la pareja de oro: Lemmon y MacLaine.

Lo más destacable de El apartamento, como en cualquier filme de Wilder, son sus chispeantes diálogos, llenos de fuerza, arrojo, garra e ironía como ningún otro ha demostrado tener en Hollywood nunca. Para muestra, el monólogo con que se inicia el filme, quizá el arranque más potente que he tenido oportunidad de ver junto con el “Creo en América” de El padrino y el “Elige la vida, elige un empleo” de Trainspotting. Quizá no tan conocido como estos dos anteriores pero, para mi gusto, tan impactante, el monólogo, en off, nos introduce a la perfección a un personaje tan patético como Baxter, una hormiguita en medio de ningún sitio, un ser que vive por vivir, sin nada que llame su atención. Atentos, pillen todos los detalles que Wilder deja esparcidos por el texto, y hagan la prueba. Después de leerlo, probablemente ya conozcan a Baxter como si fuera de la familia.

“1 de Enero de 1959. La población de Nueva York es de 8.042.783 habitantes. Si se pusieran tumbados en fila, con una altura media de 1’68 centímetros, la cadena iría desde Times Square hasta Karachi, en Pakistán. Conozco estos datos porque trabajo en una aseguradora, Consolidated Life. Somos una de las cinco mejores compañías del país. En nuestra central hay 31.259 empleados, más que toda la población de Natchez, Mississippi. Trabajo en el piso 19, departamento de pólizas ordinarias, división de contabilidad, sección W, mesa número 851. Me llamo C. C. Baxter. C de Calvin, C de Clifford. Pero me llaman Buddy. Llevo aquí tres años y diez meses, y mi paga neta es de 94’70 dólares semanales. En nuestro departamento, el horario es de 8:50 a 5:20. Cada piso tiene un horario para que 16 ascensores lleven a 31.259 empleados sin un serio embotellamiento. En cuando a mi, suelo quedarme en la oficina haciendo horas extras, sobre todo cuando hace mal tiempo”.

Magistral. Sublime. El apartamento empieza aquí y va hacia arriba, hasta el olimpo que muy pocos pueden tocar: El de las obras de arte que sobrepasan el estatus de película, el de un film tan belicista en su época (¿un oficinista que deja el piso a sus jefes para que practiquen adulterio? ¿En 1960? Si creéis que no es valiente, convendría un repaso a la historia, amigos) como agradable de ver hoy en día.

Me encanta esta sección de los lunes, de verdad. Da gusto ver que entre todo el mar de ponzoña que nos asola siempre nos quedará Billy Wilder. Que no será dios, pero espero que, ahora mismo, esté escribiendo un guión a cuatro manos con él. Y que sea cojonudo. Como no podía ser de otra manera con el gran maestro.

Mañana, acabamos con el top de remakes chungos.


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Obras maestras: Antes del amanecer


Todos hemos pensado en hacerlo en algún momento de nuestra vida. Ir en un tren, hablar con alguien y, en vez de bajarnos sólos en nuestra parada, invitar a la otra persona a bajarse con nosotros y vivir una noche perfecta. Sin importar quienes somos, qué hacemos en nuestro día a día y ni siquiera nuestros propios nombres, paseando por una ciudad extranjera y viendo la vida pasar. Nosotros nunca lo haremos, pero Jesse y Celine sí que lo hicieron. Y, ya de paso, se hicieron un enorme hueco en nuestros corazones y decidieron quedarse ahí para siempre como una de las más grandes historias de amor jamás contadas. Es imposible ver Antes del amanecer y no acabar absolutamente enamorado de Jesse y Celine, de Viena, de la noche, del amor. Es imposible verla y no creer en que hay alguien ahí fuera justo para ti. Es imposible verla y no creer, aunque sólo sea una vez en la vida, en que los milagros existen y todo puede suceder. Con todos ustedes, Antes del amanecer.

Hay tres películas que me parecen el paradigma del amor, las películas que todo creyente de los sentimientos debe haber visto al menos una vez: Breve encuentro (la descorazonadora historia filmada por David Lean en 1945), Antes del amanecer y su secuela, Antes del atardecer. Y es que hay muy pocas películas tan bien llevadas como la que nos ocupa hoy. El corazón se te sale por la boca al ver a los protagonistas simplemente caminando por la ciudad. La mejor química que jamás ha habido en una pantalla entre dos actores: Ethan Hawke y Julie Delpy.

Antes del amanecer trata la historia de Jesse, un joven estadounidense que está haciendo un road trip por Europa, y de Celine, una estudiante francesa que se dirige a Budapest. Ambos se encuentran en un tren y empiezan a hablar. Al llegar a Viena, Jesse logra convencer a Celine de que pase una noche con él, a pesar de que los dos sepan que al día siguiente deben separarse para no volver a verse. Esa noche, y aunque jamás se pronuncien al respecto, una pregunta está sobre sus cabezas –y sobre las nuestras-: ¿Qué harías si tuvieras al amor de tu vida enfrente de ti y tuvieras que irte al día siguiente? El final no lo deja claro, y cada cual tuvo sus teorías al respecto (solucionadas ampliamente en Antes del atardecer).

No os confundais: Esta no es una película en la que vais a ver drama, ni besos emocionados con música de fondo, ni un trío amoroso lleno de dolor. No. Aquí, el único drama lo pone el espectador en su cabeza: Estamos disfrutando tanto con la pareja que, inconscientemente, la sombra de la separación se cierne sobre nuestra propia cabeza: Les queda cada vez menos tiempo de estar juntos, y, aunque todos queremos que sea por toda la vida, sabemos que es imposible. No vamos a llorar, pero es una sensación de impotencia pocas veces vista antes. Deseamos que el reloj se detenga, que Jesse y Celine nunca acaben su noche, que Jesse se vaya con ella, que todo sea una noche perfecta para siempre.

Pero la luz del día llega, y Jesse y Celine están tirados en un parque, desnudos. El apogeo del amor coincide justo con el amanecer, con la despedida y el adios. Y, por muchas razones que se den para estar juntos, ninguna puede ser tan poderosa como para tenerla en cuenta. No a la luz del día y la razón. Pero ambos encuentran una solución: Seis meses después, ambos esperarán en la estación para pasar una noche más juntos. Celine asiente, Jesse asiente. ¿Estarán allí seis meses después? Los planos vacíos –y desmitificadores- que finalizan la película dan a entender que la pareja no volvió nunca a encontrarse. Antes del atardecer resolvió la incógnita y nos devolvió a la pareja de oro, menos ilusa, cuidando más sus palabras, pero igualmente enamoradora.

Resulta sorprendente el año en que se rodó Antes del amanecer: 1995. Ese año, películas como Babe, Apollo 13 o El cartero (y Pablo Neruda) compitieron por la estatuilla dorada, mientras que Antes del amanecer no obtuvo ni una mísera nominación. Por suerte, el tiempo ha puesto a cada película en su sitio y, mientras que hoy por hoy nadie se acuerda de Apollo 13, el gran público sigue descubriendo día tras día esta obra maestra atemporal. Richard Linklater, sin duda, hizo un buen trabajo (incomprensiblemente bueno, si tenemos que fiarnos de otras obras suyas como Fast food nation, A scanner darkly, Escuela de rock o Los Newton boys) descubriéndonos Viena, logrando que un paseo por la noria sea más emocionante que ningún otro paseo antes, que los secundarios de una frase tengan un peso tan importante en la trama, que nos creamos la maldita historia.

Jesse y Celine deberían estar juntos. En mi cabeza, lo estuvieron durante diez años. En mi cabeza, están casados y con dos hijos. Sé que no es así (Antes del atardecer ya se ocupó en regalarnos frases fabulosas como aquella de Jesse, diciendo que el día de su boda aun pensaba en Celine y que creyó verla entre el público), pero quiero pensar que en otro mundo, en otro universo menos perro que este, ambos disfrutan de la felicidad que el tiempo les niega. Quiero pensar que les veremos juntos en Antes del anochecer, si es que algún día se hace. Necesito ver a Jesse y Celine como esa pareja de viejos que aun se quiere. Aunque sólo sea en un cortometraje. Pero lo necesito. Y es que nunca antes el cine nos ha dado una pareja tan perfecta en todo. Y, desde luego, muy pocas veces una película tan perfecta en todo.

Antes del atardecer contaba, por cierto, el reencuentro de Jesse y Celine. No diré ni cuando, ni cómo. No quiero arruinar la sorpresa, ni decir si estuvieron allí seis meses después. Simplemente hay que deleitarse con el simple relato a tiempo real de una pareja paseando durante media hora. No hay besos. No hay abrazos. Apenas hay contacto físico. Y, sin embargo, hay más retazos de realidad en esta obra que en cualquier bodrio del Aranoa o de otro director hiper-realista. Todos somos Jesse y Celine, todos sabemos lo que es estar enamorados, y sólo unos pocos lo que es ser correspondidos. Para quienes lo sabemos, Jesse y Celine no son Ethan Hawke y Julie Delpy. Sus personajes han roto la frontera entre el espectador y la ficción. Si fuera por mi, Antes del atardecer sería considerado un documental, una muestra de cómo el amor perdura a través de los años, de cómo hay alguien ahí fuera que es para ti, y te esperará por siempre.

Antes del amanecer es la mejor película romántica de la historia, un clásico básico para hablar de buen cine y, probablemente, la última gran obra maestra rodada hasta el momento (y han pasado trece años, eh). No conozco a nadie que la califique con algo menos que un “mágica”. Sobresaliente, brutal, fabulosa, romántica pero no pastelosa. Perfecta. Antes del amanecer es lo que cualquier persona necesita para enamorarse al instante.

Mañana, un ranking de remakes.


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Obras maestras nunca mueren: ¿Qué fue de Baby Jane?


No puedo evitarlo. Cada vez que llega una película nueva al cine y las revistas de turno se mueren por escribir expresiones cada vez más desgastadas (y que, por tanto, nos creemos cada vez menos) como “duelo actoral del más alto nivel”, “terror psicológico” o “escenas que ponen los pelos de punta”, miro mi viejo VHS de ¿Qué fue de Baby Jane? y suspiro. Y es que pocas veces se puede hablar de un duelo interpretativo a tanta altura como este (Bette Davis y Joan Crawford, enemigas de toda la vida, unidas en un filme en el momento en que se odiaban más que nunca), de terror psicológico tan puro (¿creían que fueron los japoneses los que inventaron el término? Aquí no hacen falta niños con el pelo largo para acojonar… ¡y sin pretenderlo!) y de escenas tan memorables como las que podemos ver aquí (la escena de las escaleras, en la que luego profundizaremos). ¿Qué fue de baby Jane? es una obra maestra, una de esas películas injustamente ignoradas cuando se hacen las típicas listas idiotas de lo mejor de la historia, un filme tan actual ahora como en su momento, que ha envejecido como el vino de la más alta solera. Un imprescindible. Hoy les invito a ponernos serios y a descubrir una de las mejores películas jamás rodadas. Duelo de actrices. Duelo de hermanas. Sueños frustrados. ¿Qué fue de Baby Jane?

En la FNAC por 15 euros. No digan que no. Vale, en el eMule gratis.

Dirigida por Robert Aldrich (autor de la también inconmensurable Canción de cuna para un cadáver y Doce del patíbulo, entre otras) en 1962, este filme supuso el primer y último encuentro cinematográfico entre Davis y Crawford, ya hundidas en la miseria de la retirada forzosa. Aldrich les propuso un última oportunidad de levantar sus carreras con un drama en el que el único requisito era… soportarse la una a la otra. Las anécdotas sobre el rodaje son míticas y seguro que alguna vez han oído hablar de ellas. Joan Crawford, en la escena en que Davis tiene que arrastrar de ella, se llenó los bolsillos de piedras para que ésta se rompiera la espalda. Davis, por su parte, en la escena en que maltrata a Crawford, pegó un golpe de verdad en su cabeza, que le hizo recibir puntos. Por no hablar de la máquina de Coca-cola que tenía en su camerino para hacer rabiar a Crawford, cuyo marido era un alto dirigente de Pepsi. Ahora, imagínense a las dos en un plató, con el odio oliéndose por encima de sus cabezas, con la mala leche acumulada de tantos años de rivalidad en el ambiente, interpretando a dos hermanas que se guardan rencor infinito. ¿No se les hace la boca agua?

¿Qué fue de Baby Jane?, ya que aun no se lo he dicho, trata sobre dos hermanas que fueron niñas prodigio tiempo ha. Baby Jane (Davis) era una cantante infantil que vio truncada su carrera a la vez que la de su hermana Jane (Crawford) triunfaba en el cine. Un atropello causa paraplejia en Jane, que se ve obligada a ser cuidada por su hermana, que la odia, en una gigantesca mansión. A partir de este argumento, el resto es un camino por el que no es fácil andar, pero en el que se hace imposible apartar la vista de la pantalla por un mísero segundo: Canarios cocinados, hermanas tiradas por escaleras, viejas glorias intentando recuperar su minuto de gloria… ¿Qué fue de baby Jane? tiene todo esto y más: Acaso la historia de rivalidad más interesante que Hollywood ha dado jamás. Leed bien: JAMÁS.

I’ve written a letter to daddy

Antes hablaba de terror psicológico. Hoy por hoy se da por asumido que el terror psicológico es ese en el que sale un niño oriental de un pozo en el que se supone que había muerto años atrás y mata sin sangre. Ni puta idea, oigan. Pocas cosas dan más miedo que una Bette Davis cada vez más ajada cantando I’ve written a letter to daddy con la mirada propia de una estrella infantil que acaba de ser aplaudida por primera vez. Por no hablar de la cara con que Crawford mira a su pajarito, ese que había dejado de cantar, cocinado en el horno y listo para comer. O la famosa escena de las escaleras, que ha marcado historia (llegó a ser parodiada en Los Simpson. Que no es mucho decir, pero vaya). O su truculento final, maravillosamente rodado por un Aldrich en estado de gracia.

Bette Davis fue nominada al Oscar por la película, aunque tristemente no lo ganó (somos muchos los que creemos que se lo merecía mucho más que Anne Bancroft, que ganó ese año por la mucho más mediocre El milagro de Anna Sullivan). Para preparar su personaje, Davis no se quitó en ningún momento el maquillaje, para que Jane pareciera cada vez más vieja y loca. Crawford, aun haciendo un papel excepcional, ni siquiera fue nominada. La película aun tuvo otras cuatro nominaciones, de las que ganó un premio menor (Diseño de vestuario en película en blanco y negro). Aldrich, por su parte, ganó la palma de oro en Cannes por su labor como director.

“Oh, Blanche, ¿sabes que tenemos ratas?”

Labor que, por cierto, sería injusto desmerecer. Y es que Aldrich sabía dónde poner la cámara, en qué momento cortar para no cansar al espectador. Sabía guardarse las sorpresas en el bolsillo y soltarlas en el momento adecuado: Ni antes, ni después. Ignoro qué ocurrió después con su talento, pero tanto aquí como en la posterior Canción de cuna para un cadáver daba muestras de unas artes impresionantes en un director, al nivel de las de Alfred Hitchcock (no olvidemos que ¿Qué fue de baby Jane? fue, en el fondo, una de tantas películas que salió a rebufo de Psicosis. Con la diferencia de que Baby Jane llega incluso a superar a la joya del director inglés).

Este momento cinematográfico actual, donde las buenas historias no abundan, los directores dirigen películas como quien prepara hamburguesas y la corrección política merma los talentos de los guionistas (este filme hoy por hoy no se podría hacer ni siquiera de manera independiente. Sólo las famosas escenas del pájaro o de la rata son más atrevidas que cualquier película americana supercanalla actual), es el ideal para recuperar ¿Qué fue de Baby Jane? Atrévanse a lo largo de esta semana, y después me cuentan. De nada, por cierto.

Mañana nos atrevemos nosotros con un ranking de vampiros, por eso de aprovechar el estreno de Crepúsculo.